Los novios de Begoña
SERAFÍN
Después de dar vueltas por el centro de Madrid, al fin pudieron dar con el hotel que regentaba Serafín. Habían llevado a su madre con la disculpa de hacer un viaje turístico por los parajes más emblemáticos de Somosierra y alrededores para que se encontrara con él. Previamente él se había ofrecido de mil amores, como dijo por teléfono cuando contactó con su hija, a hacer de guía todo el tiempo que hiciera falta. Era un hombre enjuto, alto, peinaba hacia atrás un pelo canoso pero firme para su edad. Lucía un bigote fino y muy cuidado del mismo color. La forma de su rostro era ovalada, con rasgos angulosos que le daban un aspecto de seriedad sin que él se lo propusiera. Al ver a Begoña se le iluminó la cara y se dieron unos besos. Tanto él como ella se quedaron sin saber qué decir con una sonrisa congelada, fruto de los nervios que les producía volver a ponerse cara después de tantos años. No se habían vuelto a ver desde que él tuvo que abandonar Abadiano de buenas a primeras para volver a Madrid. Ella tenía 18 por aquel entonces y él era un poco mayor, ahora terciaban ambos bien terciados los 70. El paso del tiempo no había perdonado, pero ambos se habían reconocido perfectamente y una chispa de afecto se había asomado por su rostro.
Serafín era huérfano de padres que habían fallecido en un accidente de tren, en el que él se salvó por los pelos. Su tía Adela, hermana de su madre, se había hecho cargo de él y le trataba como si fuese su propio hijo. Ella trabajaba de sirvienta en una familia adinerada, que tenía fuertes inversiones en una importante empresa de electricidad del momento, en la que gozaba de la confianza total de la señora. Al parecer una hermana de ésta necesitaba una ama de llaves con experiencia y de fiar para regentar la casa señorial de su familia y no la encontraba. Tras una consulta entre ambas hermanas la tía Adela acabó en Abadiano con un cargo de mayor importancia y una situación económica más favorable. Lógicamente se llevó a Serafín consigo. Era un chico muy reservado y dócil, por lo que estaba bien considerado en la familia y le permitían que residiera en la misma casa al cuidado de su tía. A la hora de intentar hacer algo de relación social, se topó con una barrera: el vascuence, como se decía entonces, que en poblaciones pequeñas era el idioma habitual en las relaciones familiares y sociales. Este hecho consiguió retraerle aún más de lo reservado que ya era por carácter.
Solía ayudar a su tía en algunas tareas domésticas, hasta que adquiriera la solvencia suficiente para trabajar en alguna de las funciones del servicio de aquella casa señorial de alto nivel. Mira por dónde su primera relación con alguien del lugar se estableció a través de una chica de su edad, más o menos, que traía los encargos que la cocinera hacía a Genaro, un vecino que criaba ocas, gallinas y tenía un huerto con lo mejorcito de la verdura del momento. Begoña, era su hija mayor y este hombre tenía confianza en ella, por ser muy responsable, para encomendarle ese tipo de encargos. Enseguida se fijó en ella y a la tercera vez que se encontraron ya no se la pudo quitar de la cabeza. Tenía algo especial, hablaba vascuence pero no era del estilo del resto de la gente joven del pueblo. En la casa de los señores hablaba un perfecto castellano, sin ese acento del pueblo que le resultaba tan chocante, con la gente de servicio que no eran vascos. Tenía un pelo precioso y una expresión viva en el rostro, además de que le parecía muy guapa. Era más bien alta y de una complexión fuerte, de hecho fue descubriendo que desafiaba a los chicos jugando a pelota.
Claro que era distinta, Begoña era de Bilbao por eso se expresaba perfectamente en castellano, no como lo que chapurreaban en aquel pueblo, y además hablaba vascuence porque la familia materna provenía del interior de Bizkaia y había mantenido el idioma familiar. Genaro había encontrado trabajo en una empresa de contratas para las eléctricas pero, desde que Begoña era aún una niña, la familia se había trasladado a Abadiano porque le habían nombrado encargado de los tendidos de monte en la zona del duranguesado. Hizo todo lo posible por ir acercándose a ella, primero abordándole cuando llevaba encargos y poco a poco comenzaron a salir juntos para participar en bailes, cine y otro tipo de festejos. A Begoña le pasó algo parecido, solo que a la inversa. Aquel chico no era como el resto de los de su edad del pueblo, era más culto, más educado y respetuoso. Y como quien no quiere la cosa, comenzaron a salir en plan novios. Sin embargo, no dio mucho de sí el idilio, al poco tiempo su tía volvió a Madrid, porque su familia la necesitaba para trabajar en el pequeño hotel que habían puesto en marcha como negocio familiar. En un tiempo se escribieron, pero llegó la guerra y se perdió el contacto. Finalmente, por un casual, Begoña dio con una sobrina suya que les puso de nuevo en contacto. Él seguía soltero y ella era viuda. Fueron unos días de anécdotas, de historias y de expresiones cariñosas. Estaba a punto de cumplir los noventa, cuando le llegó la noticia de la defunción de Serafín a través de la sobrina. Ella duró hasta los noventaicinco.
JOAN
Genaro se hizo famoso por su afiliación a la UGT. Era muy raro ver un socialista en aquellos pueblos, donde el personal se dividía entre los carlistas o los nacionalistas. Para remate el día de la república salió a tirar cohetes al balcón de su casa y se quemó la mano porque uno falló y no subió. El mayor de los varones era Fernando, un chico serio que, a pesar de ser joven, tenía inquietudes políticas y se había afiliado a las Juventudes Socialistas, con lo que compartía la militancia de su padre. Cuando empezaron a calentarse las tensiones en la República, el partido envió a Durango a un dirigente de las juventudes de Barcelona para activar las afiliaciones en esa zona de Bizkaia. También se pretendía hacer una bolsa de voluntarios para prepararse a responder a futuras movilizaciones.
Para Begoña la relación con Joan había sido un pulmón de aire fresco que le daba alas para descubrir otro mundo más allá del reducto de aquel pueblo y de las relaciones familiares que mantenía con la familia extensa de Bilbao. Había descubierto también la experiencia del afecto, de los besos, de charlar de sus cosas con un chico más allá de la tutela familiar. Estaba convencida de que Joan iba a cumplir su promesa de que iba a llevarla consigo a Barcelona después de que se casaran. Eso sí tendría que esperar a que llevase a cabo sus funciones políticas y retomara su vida habitual.
Pero, como estaba ya cantado, se armó la guerra civil. Joan y Fernando se inscribieron en un batallón de las Juventudes Socialistas que acudió como voluntario para participar en el llamado Frente del Este o para apoyar en la defensa de Barcelona. Al final toda su vida se volvió del revés. Fernando murió fusilado, su padre encarcelado y condenado a muerte, Joan no dio señales de vida, aunque supo que había sobrevivido a la guerra. O sea, que su madre se tuvo que poner a buscar trabajos, hacer estraperlo y depender de la ayuda de sus familiares, por lo que a ella le tocó hacer de madre de todos sus hermanos, sobre todo del último que apenas tenía dos años. "Soltera y sola en la vida", aquí, a diferencia de la famosa copla, la mala partida fue la guerra civil.
ANDRESÍN
Andrés era un tipo muy trabajador y emprendedor. No paró hasta que consiguió montar su propia empresa. Comenzó poco a poco en un barrio cercano a la casa familiar de Begoña. Compró todos los bajos de una casa de construcción nueva y allí comenzó su andadura de empresario. Era una pequeña fábrica de gaseosas artesanas que con el tiempo y mucho trabajo iría a más para montarla a lo grande en las afueras de Bilbao. Desde chaval todo el mundo lo conocía por Andresín, porque así le llamaba su madre cuando salía al balcón de su casa gritándole para que fuera a merendar o lavarse. Chocaba el diminutivo del nombre por su corpulencia. Como se decía entonces, era un chico con buena planta, tranquilo y de aspecto acogedor.
Se conocían Begoña y él desde jovencitos. Ella apareció en el barrio después de la guerra e inmediatamente se fijó en ella. Era una chica formal y guapa y coincidieron en una cuadrilla. Le gustaba charlar con ella, porque además de formal tenía chispa y humor en la conversación. En un momento dado Begoña se tuvo que poner a trabajar por los problemas económicos de la familia, que había perdido al padre y eran varios hermanos menores que ella. A partir de ahí él también empezó a trabajar en una fábrica grande de gaseosas, en donde se hizo con el aprendizaje del oficio. Cada uno por su lado, se fueron distanciando, hasta que un día se enteró que ella ya se había casado.
Todo el mundo en el entorno conocía aquella situación anómala, pero nadie decía nada porque eso de separarse era impensable en aquella época. De todos modos, aunque no se casara, por qué no intentar una relación discreta. No se lo pensó dos veces, averiguó sin problemas que vivía en la misma casa familiar con sus hijos y que trabajaba en una empresa cercana. Empezó haciéndose el encontradizo con ella, siguió invitándole a compartir un café, se interesó por su trabajo o por sus hijos... A todo esto, después de varios encuentros Begoña se iba poniendo nerviosa porque, aunque se sentía a gusto con él y conocía de sobra su historia, era consciente de que se iba a convertir de inmediato en punto de mira de los alrededores y de las cotillas que no iban a morderse la lengua para airear su relación o despellejarla.
Andrés comprendió la situación y la abordó sin más en una de éstas. No le iba a exigir nada, iba a tener todo asegurado sin necesidad de matarse a trabajar, tendría todo el tiempo del mundo para atender a sus hijos y, además, tenía que recordar que desde que su familia había aparecido en el barrio él le había echado el ojo y siempre le había apreciado mucho. Ahora estaba seguro de que ella era la mujer ideal para su situación y, viceversa, él podría aportarle seguridad y también compañía y cariño.
Begoña se sintió abrumada. Conocía de sobra a Andrés, sabía que era un hombre honrado y cabal, pero aceptar sus proposiciones era impensable en su vida. Pesaban en su contra sus principios religiosos y la estrecha relación con la iglesia local, que había mirado para otra parte ante su situación, la presión de la familia que no iba a ver esto con buenos ojos, cómo podría influir esta historia en sus hijos aún pequeños y, cómo no sentir el vacío, las miradas capciosas o las comidillas del vecindario. Por otra parte, no dudaba de que si su marido se llegase a enterar pondría de inmediato alguna denuncia y aprovecharía para hacerse de nuevo con la autoridad de padre de familia. Se tuvo que negar varias veces a la propuesta de Andrés que insistía en conseguir su aceptación. Todo se quedó ahí. A ella también le había caído bien Andrés desde jóvenes y no descartaba que, si en su día hubiesen mantenido una relación más cercana, podrían haber acabado en pareja. Más tarde, cuando sus hijos ya habían volado del nido, recordaba aquello con cierta nostalgia porque ciertamente ahora sola, como se había quedado, iba a echar de menos un compañero así en lo que le quedara de vida, por muy ilegal que hubiese sido en su momento.
LUIS
Había acudido a Basurto para reencontrarse con su padre. La hija de Begoña le había localizado a través de una amiga que trabajaba de enfermera en ese hospital. Lo reconoció enseguida por la forma del cabello que aún conservaba intacto, aunque ya canoso, y su afán de estar siempre presentable, porque en cuanto sintió que alguien entraba en la habitación se atusó el pelo. Él sin embargo no se dio cuenta de quién era aquella mujer que le miraba hasta que ésta le saludó. Inmediatamente se alzó en la cama y se puso nerviosísimo.
Eso sí, le cosió a preguntas a su hija, sobre todo interesado por su hermano pequeño, al que apenas pudo conocer. Se alegró de ver que la mayor estaba hecha una mujer, era madre y tenía la vida ya enfocada con un buen trabajo. En toda la conversación se mantuvo a la defensiva explicando sus razones, que no coincidían para nada con las que ella había escuchado a través de su madre y de su familia extensa.
- Yo la he querido de verdad. Estuve muy enamorado de ella, pero ella, sin embargo, se casó conmigo por interés, para no quedarse soltera.
Luego eludió seguir hablando de los conflictos que mantuvo con sus cuñados y con su suegro, y de los motivos que los provocaron. Ella no quiso insistir en el tema recordándole algunos de ellos. No había ido a allí para entrar en un cara a cara de reproches. Se había decidido a ir simplemente en un acto de acercamiento y para interesarse del estado de su salud. Su amiga le había informado que había tenido un infarto grave pero, aunque lo había superado en un primer momento, la cosa pintaba mal y le iban a practicar una operación para que recuperase el funcionamiento normal del corazón.
Habló con su madre al salir. Le informó de lo que había hecho y de la intención que tenía de acudir el día de su operación. Begoña no quiso saber nada del tema y menos de recuperar cualquier tipo de relación, por muy puntual que fuere. Le dejó claro a su hija que hiciera lo que le pareciera bien. Ella no iba a interferir en sus decisiones, pero no iba a volver a abrir ese capítulo por nada del mundo, aunque, por supuesto, le deseaba suerte en la intervención y una buena recuperación.
Las cosas no fueron así. Volvió al pabellón de cardiología al día siguiente de la intervención y le informaron que su padre había fallecido en el transcurso de la operación. Solicitó hablar con el cirujano que la había practicado y tuvo que esperar un buen rato. Apareció como quien pasaba por allí muy nervioso y lo único que dijo, mientras hacía ademán de seguir caminando, que se produjo un fallo cardíaco inesperado que no pudieron controlar. A saber qué había pasado en realidad para que se produjera ese paro o fue algo distinto, como alguna posible negligencia o un simple error en la ejecución. Ella se quedó pasmada sin saber qué hacer ni a dónde o a quién recurrir.
Según estaba saliendo, apareció una mujer mayor y escuchó cómo preguntaba por su padre en la mesa de información. Era alta y desgarbada, tenía algunos rasgos de la cara, y sobre todo la forma de la nariz, parecidos a su padre, por lo que supuso que aquella mujer era también tía suya, aunque solo sabía que existía una hermana de su padre. Ahora la veía por primera vez, pero no sabía nada de ella, ni siquiera cómo se llamaba. Al parecer, había ido a recoger las pocas pertenencias de su hermano que habían quedado en el hospital. Ella se presentó y la única reacción de su tía fue darle un saludo forzado y decirle que se parecía mucho a su madre. Luego le regaló el reloj de pulsera que ella ya había visto en la mesilla cuando le visitó. Le dijo que también tenía que retirar las cosas de la posada donde vivía habitualmente, por si quería acompañarla, pero ella desistió. Con aquel reloj de recuerdo tenía suficiente y no estaba para movidas de ese estilo.


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