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Hijos del desastre

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 MI PRIMER HOGAR ( ALGUNAS EXPERIENCIAS INOLVIDABLES) Hay niños que odian y a los que nadie quiere,  pero siempre hay alguien dispuesto a quererles. Encontrar a éstos es su única esperanza. - Y ¿Qué es de O, aquel chaval que llevaste al taller de Santurce para que  aprendiera algo de electricidad? Me caía muy bien. José Antonio y yo íbamos camino de Quintanilla para hacer un arreglo en el tejado. El nos había vendido la casa y, daba la casualidad de que fue alumno mío en Santurce, pero de los aventajados que sacaron la FP2. Ahora tiene una empresa de refrigeración. -Murió hace 7 años -le contesté-. - No me digas. Me dejas de piedra, pero si era un crío. -Ya ves, el sida no perdona, sobre todo cuando te estás metiendo de todo y no llevas una vida sana. -Qué pena me da. Yo le cogí mucho cariño y me dio la sensación de ser un chaval, por lo que nos decía, que tenía las cosas claras. Hasta se había echado una novieta, ¿no? -Si por hablar fuera, parecía el sabio Salo...

LA SENTENCIA

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  LA SENTENCIA Basado en historias reales Ya no sabía qué hacer con aquel endiablado caso que le habían encomendado en el despacho. Como no había podido decir que no, Lucas se lo tenía que comer con patatas. Desesperado se puso a rastrear casos especiales de sentencias absolutorias extrañas. Para su asombro se encontró con una reseña periodística datada nada menos que en 1920. Se dio en un juzgado de las Merindades burgalesas. Al parecer una vecina había sumergido a otra en el pozo contiguo a la vivienda de ésta hasta que consiguió que falleciera. El juez de turno la declaró, fuera de todo pronóstico, inocente, lo que provocó una ruidosa aprobación por parte del público asistente, formado en su mayoría por vecinos de su población. El magistrado alegó en su favor, que los hechos se produjeron en un estado de enajenación mental transitoria de la acusada, por lo que no fue consciente de lo que había hecho. Aquello resultaba más que chocante tanto por la sentencia en sí, como por l...

Memorias

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MI PRIMERA COMUNIÓN D. Segundo era el típico maestro fiel hasta los tuétanos al régimen del nacionalcatolicismo. Llevaba un porte decimonónico, siempre vestido de traje y con cierto tufillo a rancio. Era espigado y alto, al menos eso nos parecía a nuestra corta edad, con pelo cano pero entero, solo amenazado con unas ligeras entradas. Llevaba unos cristales de culo de botella colgados de unas patillas de alambres que figuraban como gafas. Usaba bastón por seguridad suya, pero para inseguridad nuestra pues al mínimo error o salida de tono podía medir nuestras espaldas, cabezas o aquella parte que primero alcanzara. De todos modos, su arma más temida era la regla de cuadradillo con la que nos afinaba las yemas de los dedos. A parte de exigir orden y disciplina y de tenernos haciendo caligrafía, no creo que nos enseñara mucho más. Todo lo demás eran soflamas y discursos que nos martilleaban los tímpanos con   su potente voz de pito: Dios, Franco, el pecado, la obediencia, los ...

Un día inolvidable

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18 de junio de 1976. Me levanté como todos los días pero una vez más no iba a ir al tajo. Seguíamos en pie de guerra. La patronal aún no se había sentado a la mesa, acostumbrada como estaba a columpiarse con el sindicato vertical, y había que seguir apretando para que nos tomasen en serio. Había pasado la primera semana de huelga general en el sector de la construcción de Bizkaia. Aún quedaban algunas zonas a las que no se había podido llegar para paralizarlas. Era necesario conseguir el paro total para que no les quedase más remedio que admitir que éramos los únicos interlocutores de los obreros de la construcción. En la reunión clandestina de delegados del fin de semana nos habíamos organizado para montar piquetes informativos y a mí me habían tocado controlar los dos únicos sitios de la capital donde se seguía trabajando. Habíamos convocado a los voluntarios en la parroquia de S. Francisquito. El párroco nos cedía algunos locales para nuestras reuniones, pero esta vez no hic...