El hijo de los yonkis
EL HIJO DE LOS YONKIS
–¿Estás
bien? ¿Te han llegado a pegar?
–No, pero me han roto la camisa y me habrán dejado moratones
al agarrarme, porque tengo una piel casi transparente.
–Tendrías que denunciarles ahora mismo. Si quieres te
acompaño a comisaría y testifico por ti. A esos dos los he visto alguna vez, sé
de qué van y que se mueven en tugurios de ultras.
–Estaba pegando carteles para la huelga del 8 de marzo y ya
ves…
A Andrea se le quebró la voz y rompió a llorar para desahogar
la tensión que le estaba atenazando. Aquel chico que había aparecido
casualmente le había librado de aquellos dos matones. Le pareció un tipo
enérgico que chillaba como cuatro juntos a pesar de parecer un tirillas -bueno
era él, que había crecido entre luchas de pandillas de los barrios colindantes-.
Le agradeció con la mirada lo que había hecho. Andoni le susurró lo primero que
se le ocurrió para tranquilizarla. “Llora todo lo que quieras que no te dé
corte”. No sabía qué hacer, pero tenía claro que no podía dejarla sola. Le puso
la mano sobre el hombro y sacó unos clines. Ella se sonó, se secó las lágrimas
y se abrazó a Andoni. Esta vez le pudo dar las gracias de palabra. Él se había
quedado sorprendido por aquel arrebato inesperado sin saber qué hacer. La
correspondió a medias para evitar malos entendidos.
–Venga, ahora que estás más tranquila vamos a comisaría a poner
una denuncia.
–Puff, no sé ni dónde hay una. No soy de este barrio y…
–Ni lo dudes. Esos fachas cabrones se lo merecen y tú lo
necesitas. Te he dicho que yo te acompaño y testifico a tu favor. Hay una
comisaría al final del barrio en Basurto. Llegamos enseguida.
Andrea se dejó llevar. Al principio caminaban envueltos en un
silencio incómodo, hasta que Andoni ya no podía aguantar más y empezó con las
presentaciones, por hablar de algo.
–Oye, yo me llamo Andoni y vivo en El Peñascal, arriba de
Rekalde -en el barrio entre las cotillas se le conocía por el hijo de los
yonkis.
–Andrea. Nací en Txurdínaga pero ahora vivo en el Casco
Viejo.
Una vez que se rompió el mutismo siguieron hablando de sus
vidas con toda naturalidad, como si ya se conocieran de antes. Trabajo en Asua,
yo estoy de becaria en un periódico. Vivo solo, qué chollo yo comparto piso con
una compañera del trabajo porque ya no aguantaba a mi viejo.
–A propósito, la casa es de una tía mayor. Ella me acogió cuando
aún era un crío y he vivido con ella un porrón de años, pero se ha ido a una
residencia y ahora la tengo toda para mí –lo dijo con toda naturalidad, pero al
ver la mirada de ella se quedó cortado-. Claro, todo lo que haga tiene que contar
con el permiso de su hija, que es la heredera. Esa prima segunda es abogada y me
trata con cariño. Dice que mientras yo viva allí la casa se puede mantener bien
y no les dará problemas, pero me tiene muy controlado. En caso de que lo
necesites te la puedo presentar –añadió para salir al paso-.
–No me puedo quejar - susurró esbozando la primera sonrisa
tímida-. Me sale un ángel de la guarda, me espanta a dos matones, me ofrece
abogada gratis y tiene sitio para mí en su casa.
–Eh, frena, que la casa sigue siendo de mi tía –contestó
rápido entre la risa de los dos-.
Enseguida llegaron a la comisaría. A la salida intercambiaron
los números de teléfono. Ella tenía que reencontrarse con su grupo. Andoni le
acompañó hasta la parada del tranvía. Al despedirse quedaron en llamarse para
quedar a tomar algo. Andoni se quedó mirando al tranvía –“qué bien me cae esta
tía”-. Le había transmitido una sensación distinta a las que había tenido con
otras chicas con las que había intentado ligar. No sabía qué le pasaba con las
mujeres. Tenía el complejo de que nunca acertaba: o no sabía elegir, o no
conseguía entenderse o se aburría al poco tiempo. En realidad, era Miren, su
prima mayor, la única persona de la familia de la que tenía noticia, la que le
ayudaba a salir de los atolladeros en los que se iba metiendo. En un principio
cuando a la tía abuela la llevaron a la residencia la sintió como la policía
que iba a estar controlando todos sus movimientos, pero con el paso del tiempo
se fue creando entre ambos una sintonía que acabó siendo para él la mejor
referencia que le había regalado la vida. Llegó un punto en que ya no le hacía
falta decirle nada porque, según solía repetirle, era como un libro abierto. Le
gustaba quedarse charlando después de cenar, que era el momento en el que ella
solía ir a menudo para controlar el estado de la casa o los problemas que
pudieran haber surgido.
–A ver guapa, ya era hora. Parece que has ido a empapelar
todo Ezkeraldea.
–Pero si traes un mogollón de papeles de vuelta.
Andrea se dejó caer en un taburete, de esos que se usan para
acceder a la parte alta de armarios o estanterías, porque no vio a primera
vista ningún otro objeto libre de papeles o de cajas para poder sentarse. Tomó
aire y resopló. Tiró el bolso lleno de panfletos que no había podido pegar, con
un gesto de desolación sin mirar a dónde iba a ir a parar. Sus colegas se
fijaron entonces en su aspecto y dejaron de vacilarla. Les enseñó las marcas y
los moratones, que ya le estaban saliendo, y la ropa rota que había estado
medio tapando en el viaje. Entonces le cayó una lluvia de preguntas y de
improperios de lo más sonoro dedicados a sus agresores. Le dieron algo de beber
para que se tranquilizara. Después de unos tragos y un largo silencio, les
contó la aventura con final feliz. Aquel chico de aspecto de tirillas había
desarrollado una energía que le había sorprendido, sin contar con lo dispuesto
que se había mostrado para buscarle ayuda. En ese momento lo que le cayó encima
fue bastante más que un chaparrón de preguntas sobre aquel elemento masculino
difícil de encontrar con semejantes características.
–Te habrás quedado con su teléfono, por supuesto.
–Oye a ver si nos lo presentas, como quien no quiere la cosa.
–Si no te convence del todo me lo pasas –fueron comentando
entre risas-.
–Vale tías, dejaros de tonterías. Ahora tenemos que rehacer
los planes para poder completar lo que he dejado sin hacer. Y otra cosa, de ir
solas por algunos sitios ni hablar, aunque tardemos más.
Las dejó enfrascadas preparando un nuevo plan. Ella no estaba
para nada, solo le apetecía ducharse, tomar algo caliente y quedarse
acurrucada. Las escaleras de acceso a la buhardilla que compartía con una
compañera de estudios le parecieron eternas. En uno de los descansillos tuvo
que pararse porque aún le temblaban las piernas. Cuando entró oyó gemidos y
gritos que salían del cuarto de su compañera. “Joder tía, pensó, el tercero de
la semana y yo nada”. Realmente le daba mucho corte subir a nadie porque su
cuarto era pequeño y no le quedaba más remedio que tener todas sus cosas
amontonadas como buenamente podía, lo que le daba un aspecto cutre. Mientras se
duchaba estuvo recordando lo que le había contado Andoni. Le sonaba muy bien,
pero no tenía ni idea de dónde estaba eso de El Peñascal. Decidió que tenía que
informarse. Odiaba ese piso, pero era más soportable que el indeseable de su
padre.
–Hola, soy Andoni, ya sabes el de… -solo fue capaz de esperar
dos días
–Ya, no hace falta que te presentes, te he conocido a la
primera.
–Oye nada, que quería saber qué tal estás.
–Me ha encantado tu llamada, en realidad no me la esperaba.
–A ver que para algo te pedí el número.
–Pues en estos momentos con parte de mi piel pintada de
morado y por lo demás, ya se me ha pasado el susto.
–Espero que ni se te ocurra salir sola a empapelar otra vez y
menos en Rekalde.
A Andrea se le dibujó una sonrisa en la cara, más por lo que le transmitía el tono de voz de
Andoni que por la frase en sí. De verdad, sentía que volvía a darle la
impresión de que aquello pintaba bien. Aún no podía creerse que algo comenzaba
a animarle en la vida. Le contó que habían acordado en el grupo no salir solas
y ya estaban ajustando las citas para coincidir. A ella le habían prohibido
salir a pegar hasta que no se le pasaran los moratones y le habían encargado
preparar y ordenar los papeles y las cosas de la pequeña lonja. No le hacía
ninguna gracia ese plan, pero sabía de sobra que, si pedía salir, ninguna de
las compañeras iba a ofrecerse para quedar con ella. Andoni le reconoció que
era un rollo aburrido lo de quedarse con los papeles, pero decía bien de sus
compañeras al preocuparse por ella.
–Oye, te cambio el plan ¿y si te acompaño yo? –dijo sin
pensarlo dos veces-. A no ser que en vuestro grupo no se pueda aceptar la
presencia de un chico.
Siguió un largo silencio a su pregunta. Andrea se quedó flasheada
por el ofrecimiento de su amigo sin saber qué responder. Por una parte, aún no
tenía la confianza suficiente con él porque solo lo conocía por su ayuda
incondicional en aquella historia. Si ahora se ofrecía solamente por aprovechar
el momento para comenzar a ligar, podría acabar fatal porque ella no estaba
para líos de esos y los tíos que van con esas intenciones se suelen poner muy
pesados e insoportables. Por otra, en el grupo podría oír de todo, pero eso le
importaba un bledo.
–¿Sigues ahí? –preguntó Andoni extrañado.
–Eh… sí –contestó ella como saliendo de una nube. En
principio el plan tiene buena pinta, pero tendré que consultarlo en el grupo.
Te llamaré cuando tenga una respuesta.
De nuevo la nube de la duda se apoderó de él. No entendía por
qué tenía que consultar al grupo si lo que se trataba era de que no fuera sola.
Igual él se había precipitado y tendría que haber esperado más tiempo para no
agobiarla o ella se lo quería quitar de encima con esa disculpa. Terminó el
bocata, echó el último trago de agua y se reincorporó de nuevo al trabajo. No
le merecía la pena comerse la cabeza, así que esperaría la llamada prometida
sin hacerse ilusiones, no como otras veces que se las prometía felices y luego
se llevaba el tortazo. Ya llevaba suficientes, y de sobra, en su mochila como
para provocar otro golpe más. Los de las otras chicas no eran más que
anécdotas, al lado del historial que le había tocado en la vida. No podía
acercarse a las chicas como buscado el cariño que desde siempre le había
faltado por culpa de unos padres ausentes colgados de una aguja. Ya se lo había
repetido Miren en varias ocasiones. Pero Andrea era otra cosa, algo le había
tocado muy dentro, así que el tortazo que se podía llevar sería de un calibre
más que considerable.
–No me digas que tienes dudas. Si te sientes con fuerza,
serás una pareja más y bien acompañada.
–Si te da confianza, aprovecha la ocasión que muchas de éstas
no se presentan en la vida.
–Ojo, a ver dónde va a acabar el recorrido.
Tuvo que estar un largo rato escuchando lindezas por el
estilo mientras se repartían zonas y papeletas. Por fin se decidió y le
adjudicaron una zona entre Basurto y Altamira. Le faltó tiempo para llamarle.
Algo le mantenía en aquella sensación de que lo suyo tenía buena pinta. Iba a
ser un tiempo largo y trabajando juntos, lo que suponía un buen banco de
pruebas para saber si una relación entre ellos podía llegar a ser posible de
entrada.
Habían quedado a las siete de la tarde. Ella tuvo que hacer
una entrevista con un concejal de un pueblo sobre los problemas de unas
viviendas en un barrio perdido de la mano de Dios. Él esperó la salida del
trabajo con más impaciencia que nunca con gusanillos en el estómago. No pudo
escaparse antes, como lo había negociado con el encargado, porque había entrado
un pedido con un montonazo de palés, y claro, el chico de la carretilla
elevadora no podía faltar. Salió de estampida y, aún así, llegó a tiempo jadeando
a la cita en las puertas del hospital de Basurto. Se saludaron con una sonrisa
y, con un poco de cautela, se dieron un par de besos. Ella le esperaba con los
bártulos de pegar y los papeles. Después de los saludos y las frases de rigor,
organizaron en primer lugar el recorrido. Andrea había previsto subir a
Altamira en el bus de Kobetas e ir bajando hasta Basurto. Costó más ponerse de acuerdo en la forma de
ir pegando los carteles, Andoni dejó claro que nunca había hecho nada parecido
a eso, por lo que se declaró simple ayudante. Había que suponer que al final ya
le habría cogido el tranquillo al tema.
Enseguida se vio que Andrea tenía bien aprendido el oficio.
Le plantó los papeles y el cubo de la mano y, sobre la marcha, iba eligiendo
los sitios más vistosos para pegar.
–El día que nos conocimos no llevabas cola.
–Ya, es que iba yo sola y entonces utilizaba un celo
especial. Así queda mejor y es más seguro.
Intentaron terminar el montón de papeles cuanto antes y
apenas intercambiaron alguna que otra frase. Después de casi dos horas habían
empapelado la zona. El único incidente lo protagonizaron dos señores mayores,
sentados a la puerta de una tasca, que se tomaron a guasa que el chico
estuviese poniendo carteles de las feminacis, que así las llamaron. Él se
limitó a soltarles una fresca y siguió a lo suyo sin hacerles caso. Nerea
respiró hondo porque el lío podía haber ido más lejos conociendo el genio de su
compañero.
–Eh, nos hemos merecido una caña para descansar, que esto
resulta más cansado de lo que parece.
–Vale, pero no me puedo dormir porque hemos quedado en el
local para ver cómo ha ido la pegada y para dejar las cosas.
Andoni conocía algún bar de confianza en la zona. Se sentaron
en una mesa y de entrada comentaron cómo les había ido la tarde. Poco a poco
fueron entrando en temas más interesantes sobre la vida de cada cual. En un
momento dado Andrea le preguntó intrigada sobre lo que había contado del piso
donde vivía que era de una tía suya.
–Puf… esa es prácticamente la historia de mi vida. Yo me
quedé huérfano con nueve años y mis padres no tenían ninguna relación con sus
familias. Solo una hermana de mi abuela que le había tenido mucho cariño a mi
madre. Siempre le había dado mucha pena y me acogió de forma legal. Te lo
aseguro, me salvó la vida y para mí es mi viejita, lo que más quiero en este
mundo.
–Me alegro por ti. Eso fue algo más que un milagro. Yo tuve
menos suerte porque apenas tenía trato con mi padre. Yo era uña y carne con mi
madre y en un visto y no visto se murió. Así que el viejo se lio a buscar
novias, o mejor, chachas para todo. Acabó casándose con una pobre mujer que no
tenía dónde caerse muerta y no veas cómo la trataba. Yo no aguantaba aquello y
estábamos a bronca diaria. Así que en cuanto pude me largué de casa. Ahora vivo
en un piso del Casco Viejo en una habitación cutre que me ha alquilado una
compañera del trabajo. No tengo pasta para más así que no me queda otra.
–Le podrías decir a tu viejo que colabore en algo. Una cosa
es que hayáis tenido vuestras diferencias, pero sigues siendo su hija.
–Y además única, pero no quiero deberle nada.
Andrea dijo, en un momento dado, que ya era hora de irse.
Tenía que bajar al Casco Viejo y quería irse a casa cuanto antes. Andoni no
tenía a nadie que le esperara, así que se ofreció a acompañarla. Luego podía
coger el tranvía de vuelta. En el local solo habían llegado dos compañeras.
Dejaron los trastos y fueron comentando las incidencias mientras iban llegando
las restantes. Andoni, aunque era muy extrovertido y ocurrente, no sabía dónde
meterse. Según le iba presentado tenía que dar los besitos de rigor y soportar
las miradas de soslayo que le iban echando mientras arreglaban sus asuntos.
Enseguida Andrea se despidió y salieron juntos escuchando alguna que otra
indirecta. Andoni le acompañó hasta el portal haciendo bromas porque se había
quedado un tanto cortado, cosa rara en él, en medio de tantas tías peleonas y
descaradas.
En el viaje de vuelta en el tranvía fue repasando lo que
había sido esa tarde para él. “Qué chavala más maja”, no dejaba de repetirse,
había quedado encantado de la experiencia de hacer algo por una causa que creía
importante y, sobre todo, por haber tenido la oportunidad de vivir de cerca a Andera.
Por ver con qué destreza se movía empapelando, por las confidencias que habían
comenzado a compartir. En este punto se le hizo un nudo en el estómago. Se
había callado la causa de la muerte de sus padres, por miedo a que se lo tomara
a mal, uno por sobredosis de heroína y la madre se había suicidado en un ataque
durante unos días de mono que no pudo aguantar. Lo de empapelar no había estado
mal, pero habría otras maneras más interesantes de mantener la relación. Eso
sí, era su chica y ya no le cabía la menor duda de ello.
Había recibido un aviso del periódico. A la mañana siguiente
tenía que hacer guardia en la puerta del juzgado desde primera hora, para poder
hacer una reseña de la entrada de un personaje famoso que tenía que prestar
declaración como imputado y del posible desarrollo del caso. No tenía ni idea
de quién era ese tipo, ni de qué le imputaban. Así que tendría que ir con bastante
tiempo de antelación para ponerse al día. Había decidido ducharse y dejar todo
preparado para salir corriendo. Debajo del agua fue repasando cómo había ido la
tarde. Le había encantado la compañía de Andoni. Nunca había tenido la
experiencia de compartir un trabajo con un chico. Con éste se había sentido
segura, primero porque conocía de sobra la energía de su acompañante, que ya le
había salvado de una. Le había hecho gracia cómo se había despachado con
aquellos dos viejos babosos sin inmutarse. Y segura también, sobre todo, porque
en ningún momento se puso pesado ni intentó pasarse, sino que estuvo todo el
tiempo pendiente de facilitarle el trabajo sin distracciones. La pesada de
siempre del grupo se había levantado en armas porque no entendía que hubiese
metido a un hombre en algo que era exclusivo de ellas. No le hizo ni caso, pero
el resto se había liado entre el sí y el no. “Que digan lo que quieran”. Había
estado genial, pero ahora sentía que aquello le empezaba a saber a poco. Habría
que quedar con él con otras disculpas o, qué demonios, llamándose y quedar
porque sí, porque nos llevamos bien.
Estaba ya como una moto. Llevaba más de media hora esperando
en la puerta del local, como habían quedado y Andoni no aparecía ni llamaba por
teléfono. El supuesto imputado, del que tenía que informar, no se había
presentado, así que había aprovechado para llamar a Andoni y quedar a la salida
del trabajo. No le parecía propio de él, así que para no ponerse más nerviosa
optó por llamar por teléfono. Sonó hasta la saciedad y saltó el contestador
automático. Odiaba ese chisme y colgó. Al cabo de un rato volvió a llamar y
esta vez estaba decidida a charlar con el contestador. En efecto: “Andoni, se
puede saber dónde te has metido. Llevo una hora aquí plantada así que me voy.
Ya me dirás qué ha pasado… y si no, que te den”. De repente le sonó el
teléfono. Ponía Andoni, y estaba a punto de rechazar la llamada, pero cambió de
idea para echarle una bronca.
–Hola, aquí pone Andrea, eres tú, supongo –una voz grave y
enérgica de mujer le dejó cortada.
–Sí ¿con quién hablo?
–Soy una familiar suya. Me temo que se os ha chafado el plan.
Estoy en el hospital de Cruces con Andoni. Mejor dicho, esperando a que Andoni
dé señales de vida.
–Miren ¿verdad? Andoni me habla mucho de usted –se le quebró
un poco la voz- ¿Qué ha pasado?
–Vaya, éste se ha tomado la libertad de presentarme a sus
amistades. Pues un accidente de trabajo que le ha dejado algo trastabillado,
pero lo peor es el traumatismo craneal que ha sufrido.
–No… –solo pudo decir eso y se quedó ahogada.
–Según pone en el móvil tú eres Andrea, la de la cartelada
feminista.
–Sí. Veo que con usted tiene confianza –estaba sujetando las
lágrimas- ¿Puedo ir a verle?
–Sí, por ser alguien importante para él. Está aún en la UCI,
así que ya sabes cómo es esto.
–Por supuesto y si hace falta cuente conmigo para hacer
guardia.
–No sabes cómo te lo agradezco, bienvenida a la familia. Ah,
desde ahora me tratas de tú o no te dejo venir –concluyó sonriendo-.
Hicieron las presentaciones más básicas y los saludos, que no
resultaron distantes. Miren le pidió que estuviese de guardia hasta la noche.
Ella vendría a dormir allí, si lo conseguía, para estar presente a primera hora
en la visita de los médicos. No le había dicho nada a Andrea, pero la avería
pintaba muy mal. Aquella chica le había dado muy buena impresión, por lo poco
que habían hablado, por la reacción que había tenido ante la noticia y por su
disposición a colaborar en el cuidado de Andoni. No quiso asustarla de entrada.
Andrea se aposentó en el lugar de la espera. Estuvo un buen
rato mirándole a través de los cristales. Estuvo viendo cómo trajinaba la
enfermera de turno y estuvo preparando algunas notas y mirando informativos en
el móvil hasta que llegó Miren.
–¿Te has aburrido mucho? –preguntó Miren al llegar después de
saludarse con un par de besos.
–No, se me ha pasado volando. He estado entretenida con
asuntos del trabajo. No hay ninguna novedad, te lo devuelvo igual que me lo
dejaste. Lo normal, hace poco ha sido el cambio de turno.
–No me ha dado tiempo a cenar antes de venir, así que voy a
ver si pillo algo de llevar a la boca en la cafetería. Si quieres te invito y
así te vas cenada.
–Jo Miren, muchas gracias. Me gustaría quedarme, pero no
puedo arriesgarme a perder los últimos metros.
–Es verdad -dijo mirando al reloj-. Tienes razón. No sé ni en
qué hora vivo. Vaya diíta que llevo. Estamos en contacto.
La recuperación de Andoni parecía que iba para largo. Aquella
mujer le dio muy buena impresión, no le extrañaba que su amigo tuviera tanta
confianza en ella. Se quedó un instante repasando lo que acababa de pensar y se
preguntó ”¿Solo amigo, estás segura?” No podía engañarse, en el rato aquel de
espera había sentido, según le miraba, que había algo más que una mera amistad,
aunque lo dejó sin definir. Eso sí, iba a estar pendiente de él hasta que se
recuperara.
Cuando llegó a casa su amiga salió de su cuarto y le informó
que se había presentado una señora con un aspecto de dar pena, preguntando por
ella. Había insistido en quedarse, pero ella le había dado puerta porque no
sabía ni si iba a volver. Andrea le dio las gracias y le dijo que había hecho
bien. Enseguida sintió una corazonada, no podía ser otra que Tere, la mujer de
su padre, porque la información de su compañera no cuadraba con nadie de su
trabajo. Se había comido unos frutos secos que aún quedaban en el fondo de un
bote y empezaba a untar una tostada con queso, cuando sonó el timbre. Eran más
de las once y media. Su amiga hoy no tenía sesión y ya se había acostado, así
que fue a abrir. Allí estaba Tere mirándola con los ojos rojos de haber llorado
todo y más. Llevaba la ropa desajustada, tenía marcas de golpes en la cara.
Tendía a disimularlas ocultándola al hablar. El estómago le dio un vuelco ante
aquella patética aparición.
–¿Qué haces aquí a estas horas, Tere?
–No puedo volver a casa – dijo entrecortada y arrancó a
llorar.
Nerea la tomó del brazo y le acompañó a sentarse en una silla
junto a la que ella estaba usando para cenar. Le ayudó a quitarse el abrigo y
le sirvió un vaso de agua. Cuando dejó de llorar y de hipar, Nerea la cogió de
las manos y le habló con la mayor tranquilidad que pudo en semejante situación
mirándole a los ojos.
–Supongo que no habrás cenado y no sé si has comido algo en
ese estado. Yo estoy cenando unas tostadas untadas, es lo único que puedo
ofrecerte.
Tere solo pudo negar con la cabeza e hizo señas de que no le
entraba nada. Tomó unos tragos de agua y poco a poco se le fue soltando la
lengua. Solo fue capaz de decir que su marido estaba muy mal de salud y que
había perdido la cabeza por culpa del alcohol. Ella había intentado llevarle al
médico y le iba retirando todas las botellas que veía en casa. No tenía ni idea
de lo que había hecho con el dinero, pero se había quedado sin fondos, o al
menos eso decía. Ya más serena fue capaz de explicar qué hacía allí. Andrea,
mientras le dejaba hablar, fue preparando alguna tostada y le iba animando a
que comiera. Parecía que a Tere se le iba abriendo el estómago en la medida en
que iba soltando la carga de nervios que la tenía atenazada.
–Mira hija, no sabes cómo te agradezco que me hayas acogido.
Sufrí mucho cuando te fuiste de casa porque yo te apreciaba y, a la vez, quería
que fueses un apoyo para mí. No te lo quiero echar en cara, porque tuviste toda
la razón del mundo. El caso es, -hizo una pausa mientras tragaba y siguió-, que
llegó un momento en que no me daba dinero ni para hacer la compra. Así que un
día se encontró sin la comida en la mesa. Comenzó a gritar y a amenazarme y le
hice ver que la despensa y la nevera estaban con cuatro cosas. Se puso más
energúmeno que de ordinario y la emprendió a golpes conmigo -se paró otro rato
antes de seguir-. Me planté y le dije que iba a pedir el divorcio.
–Hiciste bien. Si te hace falta un abogado, no te preocupes que
de eso me encargo yo.
–Gracias hija, eres un cielo. Pero no acabó todo ahí. “Si
quieres el divorcio hala, fuera de casa “, me dijo a voces, me cogió del brazo
abrió la puerta y me sacó al descansillo. Pude soltarme, no sé cómo lo hice, porque
veía que me quería tirar por las escaleras abajo. Se cortó cuando se oyeron
algunas puertas que se abrían alertadas para ver qué estaba pasando, pero me
dejó fuera y con señas me dio a entender que ni se me ocurriera entrar en casa.
Y aquí me tienes.
–Por Dios, cómo ha llegado a esa locura, no lo reconozco ¿Y
qué has estado haciendo todo ese tiempo?
–Esperé a que saliera de casa a comer algo en alguna de sus
tascas habituales. Como yo llevaba las llaves en el bolsillo, pude entrar a
coger algo de ropa y algo de dinero suelto que me quedaba. No sabía a dónde ir,
así que me decidí venir a buscarte.
Se quedaron las dos en silencio. Mientras terminaba de comer
la tostada Andrea le fue preparando otra. Tenía muchas preguntas que hacerle,
pero en aquella situación no le pareció oportuno presionarle. Le dejó comiendo
la última tostada y sacó unos cojines y un saco para pasar la noche en el sofá
de la sala. Arregló un poco el desbarajuste de cama que tenía para que durmiera
Tere ahí.
–Son ya más de las doce. Vamos a dormir y mañana decidimos
qué hacer.
–Gracias hija ¿me dejas que te dé un abrazo?
Andrea se adelantó a abrazarla y Tere de nuevo arrancó a
llorar cubriéndola de besos. Intentó en vano dormirse, no sabía por dónde
empezar: convencer a Tere a que pusiera una denuncia, acompañarla, averiguar a
dónde debía dirigirse, estar atenta a los avisos de la redacción, qué hacer con
su padre, no podría ir a asistir a Andoni… Notó que tenía una señal en el
móvil.
–Andoni ya ha salido del coma inducido. Lo primero que ha
hecho ha sido preguntar por ti.
Era Miren. Una amplia sonrisa le transformó el rostro mohíno
de tanto dar vueltas a la cabeza. Por fin una noticia buena, mejor dos, se
recupera y me quiere o algo así. Contestó con unos emoticonos sonrientes y se
disculpó porque no podía ir pronto a acompañarle por problemas familiares, sin
más explicaciones.
–No te preocupes, ya está en una habitación y en un par de
días es fácil que le den el alta.
Había dejado a Tere en el bus de línea que iba a Cáceres y
allí cogería otro para llegar a su pueblo. Prefirió desaparecer, allí estarían
su hermana y algunos tíos mayores dispuestos a ayudarla. Desconfiaba de las
denuncias porque había oído muchos casos en los que, aún así, la mujer había
acabado muerta. Andrea le había dejado algo de dinero para que pudiera
completar el viaje. Tere le había pasado las llaves de la casa porque no
pensaba volver. Tomó aire para poder serenarse, llamó antes de entrar varias
veces. Abrió y se encontró con todo el piso revuelto lleno de restos de todo
tipo sobre todo botellas vacías. Entró y encontró a su padre tendido en el baño
en una postura que daba a entender que había intentado acercarse al inodoro,
pero que no había conseguido llegar, y había caído al suelo envuelto en su
vomitona.
–¿Qué he hecho yo para merecerme esto? -gritó desesperada.
Llamó al 112 y mientras tanto fue a buscar a la vecina de
enfrente, que era de su confianza, para preguntarle sobre si sabía algo de los
problemas de su padre. Vino a decirle algo parecido a lo que le había contado
Tere. Se ofreció a echarle una mano en esa situación. Todo fue rápido por
suerte, la ambulancia no tardó y la médico del equipo dio aviso de caso
urgente. Tenían que intervenir para reanimarle y, según ella, se trataba de un
ictus con complicaciones por la debilidad del paciente. Entró en quirófano y
ella tuvo que quedarse fuera. Vaya racha, pensó, ayer en Cruces y hoy en
Basurto esperando a ver qué dicen.
–Hola Miren, tengo a mi padre ingresado en Basurto. Ha tenido
un ictus muy fuerte.
Fue lo primero que se le ocurrió hacer para que ella se
hiciera una idea de que le iba a ser imposible estar en Cruces. Enseguida
recibió la contestación para que siguiera a lo suyo. Lo segundo fue dejar aviso
en el periódico de su situación. Luego se hundió en un tiempo largo y tedioso
como para comerse las uñas. Fue recordando su historia con su padre. Nunca
había tenido una relación fluida con él, pero se toleraban y no había problemas
entre ellos. Nunca le puso pegas por elegir su carrera, ni tampoco se preocupó
por cómo le iba. Mientras no hubiese problemas o conflictos, todo bien, pero
desde la muerte de su madre el viejo andaba buscando novia, un tanto a lo loco
y no controlaba los gastos. Ella intentaba hacerle ver que se estaba
equivocando y lo único que había conseguido era tener broncas diarias con su
padre por cualquier motivo. Y ahora se veía allí velando por culpa de aquel
hombre que había acabado echándola de casa y del que había jurado que no quería
saber nada en el resto de su vida.
Los médicos habían descartado que Andoni tuviera lesiones
cerebrales, aunque tardaría en recuperarse del todo del fuerte golpe. Ya podría
recibir visitas, pero debía quedarse en observación en el hospital por un
tiempo sin fijar, según se fuera dando la evolución. Miren le puso al día de la
situación de Andrea y de las llamadas que había recibido de la empresa para
preocuparse por su salud y por el tema de los seguros y de la mutua. Lo que más
le costaba soportar a Andoni era los dolores de cabeza tan intensos que le
asaltaban cuando la medicación iba perdiendo su efecto. En esos momentos quería
arrancarse la cabeza. Una vez que se pasaban los pinchazos y los dolores, lo
que más le apetecía era dormir. En uno de esos momentos de serenidad, se armó
de valor y le escribió un mensaje a Andrea.
–Hola Andrea. Solo quiero saber qué tal estás y si podemos
hablar cuando te sea posible.
–Estoy esperando informes médicos. Yo te llamaré -contestó Andrea
al momento.
Según levantaba la vista del móvil, se dio cuenta de que un
médico se le acercaba con malas noticias dibujadas en su cara. Los nervios la
atenazaron. El cirujano le fue dando una serie de explicaciones técnicas, con
mucha delicadeza, que le resbalaron por el oído, lo que le alertó, porque
supuso que con tanta baselina el final iba a ser muy fuerte. Solo entendió la
peor noticia que le podían dar: “coma permanente”. Se quedó paralizada y
aturdida. Algo intentó decirle el médico de que se tomase su tiempo para avisar
a la familia y adoptar la decisión de mantenerlo en vida o desconectarlo.
Necesitaba estar sola porque una nube de preguntas se le
estaban agolpando en la cabeza. Solo se le ocurrió un lugar donde podría estar
en silencio sin molestias. A la primera persona que vio con uniforme de
sanitaria le preguntó por la capilla. No había nadie se sentó en un banco y fue
capaz de sonreír porque ya se le había olvidado hasta en qué iglesia había
hecho su primera comunión. Sacó el móvil de su padre, por suerte no tenía
contraseña y pudo mirar los contactos. Apenas había tenido relación con la familia
de su padre, pero pudo identificar a su hermana y a sus dos hermanos. Los
padres ya habían muerto hacía tiempo. Recordó que solo se hablaba, y poco, con
su hermana. Estuvo mirando un rato largo al móvil y decidió que no les iba a
consultar nada. Nunca habían mostrado ningún interés por ella y casi ni se
acordaba de su cara. Llamó a Tere, que lógicamente, seguía siendo una parte
importante en el lío que le dejaba su padre, por ser su heredera directa.
–Andrea cariño, él llevaba mucho tiempo destruyéndose y yo
tuve que escapar para impedir que también acabara conmigo. Así que déjale que
termine con su propósito. Del piso, o de lo que pueda quedar como herencia, no
quiero saber nada, hazte cargo de ello. Por supuesto, de dinero no quedará nada
y pide a Dios que al menos no tengas que enfrentarte a deudas.
–No sabes cómo te agradezco lo que me has dicho, aunque me
queda una sensación rara con eso de las deudas. En fin, solo te pido que
vuelvas para que me ayudes a poner orden en la casa y buscar documentos,
cartillas y cosas así que nos ayuden a salir de la que me espera.
–Cuenta conmigo
Se despidieron con expresiones de cariño. Tere, con esa
sabiduría popular de las personas sencillas, le había puesto en bandeja la
clave de lo que podía decidir. Llamaría a la familia más tarde para anunciarles
la defunción de su padre. Se echó las manos a la cabeza ante el follón que se
le echaba encima. Tenía que pedir auxilio sí o sí. Solo se fiaba de su madrina,
que era hermana de su madre y que siempre la había cuidado, y de Miren la prima
de Andoni. Dio aviso de que desconectaran a su padre.
–Hola Andoni. Espero que te vayas recuperando. Te dejo este
mensaje porque no me respondes, por lo que entiendo que estás descansando y no
quiero molestarte. Mi padre ha muerto. Ya ves la que tengo armada y necesito
ayuda. No me fío de su familia, así que hazme el favor de ponerme en contacto
con Miren para que me eche una mano en este lío. Besos.
Colgó y se quedó mirando al móvil. Por fin se decidió y llamó
a su madrina.
Nada más verla entrar en la habitación Andoni se dio cuenta
de que Miren venía alterada. Tiró el bolso encima de la cama y se sentó, más
bien se dejó caer, en el sillón del acompañante.
–Me parece que pasa algo grave, prima. Nunca te he visto así.
–Y tan grave. Tenemos ocupas en la casa.
–¿Qué? –Andoni dio un bote en la cama dando un grito- no
puede ser habíamos dejado el cerrojo echado y las dos llaves.
–No han servido, han destrozado a hachazos las cerraduras y
han puesto un candado. He ido para echar un vistazo en un momento libre y mira
lo que me he encontrado.
–¿Y los vecinos no han hecho nada para impedirlo o
denunciarlo a la poli?
–He hablado con la más cercana y me ha comentado que un día
se oyeron unos golpes muy de madrugada, pero que luego no se sintió nada más,
así que no le dio importancia. Al día siguiente hubo muchos gritos y mucho
movimiento de personal, todos con muy malas pintas. Al parecer te llamó varias
veces al número de móvil que le dejaste, pero no contestaste. Ya le he
explicado la situación.
–¿Los has visto?
–No. Estaba el candado echado, luego no había nadie. Según la
vecina ha visto a cuatro o cinco
–Pues hay que echarlos, aunque sea a patadas, si la policía
no hace nada…
–Para Andoni. No tienes ni idea de lo complicado que es ese
proceso. No podemos echarlos a la fuerza, ni quitarles la luz o el agua. Hay
que presentar denuncia con la documentación que acredite la titularidad del
dueño, los contratos de la luz, el agua y todos los papeles donde figure algún
servicio con el nombre del dueño. Cuando el juez le dé el visto bueno la
ertzaintza les podrá echar.
–Ya, el año que viene pasará eso, que esos señores
importantes nunca se dan prisa en temas de la gente de a pie. Y además los abogados solo pensáis en
papeleos. Esto lo arreglo yo en un pis pas.
–Sí eso, menos lobos que aún no te tienes en pie.
Miren siguió explicándole todo el proceso e intentó
convencerle que se olvidara de utilizar la fuerza, porque ellos podrían
denunciarle y entonces el perjudicado sería él, mejor dicho, su tía que era la
titular de la vivienda. Se tenía que ir, pero no muy convencida de que Andoni
hubiese entendido o aceptado las explicaciones. Según salía le avisó del
encargo que Andrea le había dejado.
Tere le estaba ayudando a registrar la casa para encontrar
documentos, cartillas de bancos. Su obsesión era encontrar la funeraria que les
sacase del callejón en el que estaban metidas. Ella se acordaba del nombre de
la funeraria que se encargó del sepelio y de los trámites cuando su madre
murió. Pusieron la casa patas arriba, como si fueran una banda organizada de
cacos. También revisaron su ordenador que no tenía gran cosa de interés, su
padre, como podía suponer, estaba muy chapado a la antigua y no haría ninguna
gestión por internet. Encontraron algo de dinero en la típica caja de puros y
un par de libretas. Lo primero que hicieron al día siguiente, fue pasar por los
bancos para ver si, además de las deudas, tenía algún ahorro. Les dio más de la
una del mediodía y decidieron hacer un alto para comer. Se sentaron en uno de
esos sitios de comidas rápidas que a esas horas estaba poco concurrido, para
repasar la mañana. Como suponían, el dinero de las dos cartillas no sumaban ni cien
euros. Pero, para su sorpresa se había encontrado con una EPSV y un seguro de
vida. Éste sí tenía marcada como heredera a Andrea. El otro sería, en
principio, para Tere como heredera por ser la esposa del finado.
–No tengo ni idea de cómo se tramitan esos ahorros, pero
Andoni me ha puesto en contacto con su prima y nos va a ayudar –comentó Andrea
entre bocado y bocado, mientras Tere hacía gestos de afirmación con la boca
llena.
–No vas a tener ningún problema de mi parte. No quiero saber
nada del piso porque en él están los peores recuerdos de mi vida ¡Qué engañada
me tenía y qué tarde me di cuenta! –comentó Tere mientras los ojos se le ponían
vidriosos. De los ahorros no tengo nada que decir. Me alegra mucho que tengas
algún dinero para mejorar tu situación. Eres una chica estupenda y te lo
mereces. Mira por dónde, te ha hecho el mejor regalo de su vida: piso y algo de
dinero de golpe.
–Gracias Tere. Si tienes que pasar por aquí en el futuro ya
tienes hotel –se estrecharon las manos y Andrea continuó-. Ahora vamos a la
funeraria, espero que tenga las cuotas al día y no tengamos que poner dinero.
Estoy pensando que no vamos a hacer ningún funeral. Vamos a pedir que lo
incineren y no quiero ni tener sus cenizas.
–Ay hija, eso me parece muy duro.
–Mira yo apenas he tratado con su familia y a muchos ni les
pongo cara. Él solo trataba con una hermana. No tengo ni idea de qué amistades
tenía.
–Solía andar de chiquiteo o jugando a cartas con los antiguos
compañeros de trabajo. A veces hacíamos excursiones en plan de matrimonios. A
mí siempre me miraron de reojo y lo pasaba fatal. Últimamente cuando fue a peor
se encerraba en casa casi todo el tiempo. Fue horroroso para mí.
Siguieron comentando el tema mientras se encaminaban a la
funeraria.
“Lo va a tener claro mi prima si piensa que me voy a quedar
con los brazos cruzados, mientras ella anda con los papeleos.” Estuvo
barruntado y dándole vueltas a cómo organizar una buena. Por fin se decidió.
Tenía que contar con la cuadrilla de incondicionales que se habían bregado en
las peleas de barrios. Así que tiró de agenda y se pasó el día haciendo
llamadas hasta tener a todos de acuerdo para sacar a los ocupas “por las malas
o por las peores” que era un lema de los tiempos jóvenes. Llegó el día acordado
y los dos que vivían más cerca hicieron guardia observando todos los
movimientos. Comprobaron que eran cinco, no cuatro como les habían dicho a
Andoni, tres hombres y dos mujeres entre treinta y cuarenta años excepto uno
más mayor. Ellos eran seis e irían encapuchados. Comprobaron también que no
eran gitanos, en ese caso habría que
cambiar de plan.
Andoni estaba impaciente por recibir noticias. Habían estado
haciéndole pruebas y no había podido usar el teléfono. Estaba ya quedándose
dormido cuando sintió el aviso de un mensaje. Saltó en la cama y cogió nervioso
el móvil.
–Operación limpia. Han salido acojonados sin problemas.
Comprobado, solo se llevaban lo suyo. Cerrojo repuesto. Esos no vuelven.
–Ok. Os debo una. Pago cerrojo –contestó mientras respiraba
hondo y se dejaba caer en la cama.
Mientras se dormía se estaba imaginando la cara que iba a
poner su prima cuando se encontrara con que estaba arreglado el tema. Solo
quedaría revisar si habían quedado desperfectos en el mobiliario y, por
supuesto, habría que cambiar la puerta. De todos modos, habría que denunciar
antes la ocupación a la ertzaintza.
Apenas había cogido el sueño le sonó el teléfono. Lo cogió
sobresaltado, pero al ver Andrea escrito en la pantalla se le puso una sonrisa
de oreja a oreja.
–No me esperaba una sorpresa tan guapa.
–Hola Andoni. Perdona si te he molestado, pero necesitaba
desahogarme con alguien. Ha sido un día intenso y muy desagradable.
–Pues has dado con la persona adecuada. Ya me dijo Miren que
habías estado haciendo guardia, pero yo quería verte y te he echado de menos.
–Y yo a ti…-hizo una
breve pausa, como quien reconsidera algo- Oye ¿te das cuenta de lo que nos
acabamos de decir? –y fue capaz de reírse un poco.
–Mira, no vamos a andar con historias. Me gustas un montón y
eso va a más. Me has hecho el hombre más feliz con tu llamada.
–Exagerado –musitó ruborizándose-. Yo también te quiero.
–¿Qué tal estás con la movida de tu viejo?
–Hecha una mierda. Voy a tardar un tiempo en digerir todo lo
que he tenido que aguantar. Solo hay una cosa buena, qué digo, cojonuda. Tengo
una casa para mí sola… aunque no me importaría tener cierta compañía.
–Es verdad, pero tu padre estaba casado…
–Ya. Tere, su mujer, ha sido un hallazgo para mí. Nos hemos
entendido de maravilla y hemos compartido todas las idas y las vueltas de estas
ocasiones. Y no quiere saber nada del piso, así que quedará a mi nombre. Ya te
dije que Miren tendrá que echarme una mano.
–¿Y cómo os habéis arreglado? Porque eso es un movidón de
cuidado, la familia, la funeraria, el funeral…
–Nos hemos arreglado bien. Mi padre tenía una póliza con una
funeraria, al menos eso tenía en regla. No hicimos funeral, yo avisé a la
familia y Tere a los de su cuadrilla.
Así que en una de esas capillas de la funeraria le hemos tenido dos días
expuesto para que los que quisieran pudieran verle y luego le han incinerado y
ya está.
–¿Pasó mucha gente?
–Más de los que yo creía. Muy pocos de la familia, sobre todo
compañeros de la empresa, de los vecinos y de un club de jubilados del que yo
no tenía ni idea de su existencia. Cambiando de tema, aún no te he preguntado
qué tal estás.
–Estoy mejorando. Creo que en dos o tres días me darán el
alta. Aunque me temo que tendré una buena temporada de recuperación hasta que
pueda coger el alta en la empresa y recuperar mi vida ordinaria. Ya te llamaré.
Al día siguiente llegó Miren a la hora de la cena todo
desencajada. Alguien había dado fuego a la casa. Había estado con los bomberos
que le habían informado de que el incendio lo habían provocado una especie de
cócteles molotov. Había cristales rotos por un par de ventanas, había forzado
las contraventanas de madera y los habían arrojado dentro. El jefe le indicó
que la vecina de enfrente sabía algo de quién había sido, aunque no sería capaz
de identificarlos.
–Según la vecina una noche sintieron mucho ruido y voces.
Pudieron ver a un grupo de encapuchados que sacaron a garrotazos a los ocupas. Al
día siguiente comprobaron que no había nadie en la casa. Su marido se acercó y
comprobó que habían puesto un cerrojo en la puerta.
–¿Y quiénes serían esos tipos? –acertó a decir Andoni,
mientras intentaba disimular los nervios.
–A saber. La vecina identificó a uno de los primeros ocupas
cuando la casa comenzó a arder y enseguida llamó al 112 –Miren tomó un respiro
antes de seguir- todo puede indicar que ha sido una pelea entre bandas. Por
suerte no había nadie dentro.
–Vaya movida. O sea, que nos hemos quedado sin casa por una
pelea de bandos de esa gentuza –concluyó Andoni respirando hondo ante la
coartada que le acababa de poner en bandeja su prima ¿Y ahora, qué podemos hacer?
–Mira hijo, nos ha mirado un tuerto. No te puedes imaginar la
que me espera. Ya te iré contando, tú espera aquí y recupérate.
Andoni se quedó rumiando el tema toda la noche sin apenas
poder dormir. Estaba claro: los suyos habían cumplido, lo de ir encapuchados
había estado muy bien, así nadie les pudo identificar. Los ocupas se vengaron
luego, estaba claro. Su maniobra con los de su cuadrilla había quedado tapada,
pero no se iban a esperar la reacción de los ocupas. Éstos habrían pensado que
eran una banda de delincuentes y enseguida buscaron la venganza, menos mal que
no se quedó ninguno dentro para vigilar. Lo peor es que se había quedado sin
casa y a ver cuántas cosas suyas podría recuperar, porque, según le había
contado su prima, la cosa iba de ruina total. Tendría que quedar con los suyos,
pagarles lo prometido y contarles lo sucedido. Quería ver en directo cómo había
quedado la casa y dónde demonios iba a vivir ahora, con qué cara se lo iba a
contar a su tía y cómo se iba a quitar ese sentimiento de culpabilidad, porque
la culpa la había tenido él por no hacer caso a su prima y haber querido
solucionar el caso al modo de las peleas del barrio. Eran muchas cosas y él no
podía moverse del hospital. “Vaya palo, si sigo dando vueltas a todo esto, voy
a acabar peor de la cabeza”.
Como había estado dando vueltas y solo había dormido algunos
ratos, después del desayuno y de que pasaran las movidas típicas de la mañana
en los hospitales, se había quedado dormido. Se despertó cuando una mujer de
limpieza pasó a limpiar el servicio. Se dio media vuelta para seguir durmiendo
y vio que el sillón de las visitas estaba ocupado, se aclaró la vista y dio un
grito de alegría que asustó a la limpiadora. No se lo podía creer: lo primero
que había visto era la sonrisa de Andrea que estaba esperando a que despertara.
–¿Por qué no me has avisado?
–Porque estabas como un tronco, señal de que lo necesitabas,
y me ha encantado verte dormir. Estás más guapo dormido.
–No digas tonterías. Tú eres mucho más importante. Qué ganas
tengo de que me suelten, pero parece que voy que tener que aguantar algo más,
aún tengo mareos cuando estoy en pie mucho tiempo. Ayúdame a levantarme.
En ese momento la señora de la limpieza salió discretamente.
Ninguno de los dos se pudo aguantar. En cuanto estuvo en pie se fundieron en un
abrazo y después de mirarse sonriendo se besaron con pasión. Andoni no se pudo
aguantar y su erección se hizo evidente debajo de la indiscreta telilla típica
de los hospitales. Andrea se separó riéndose y le dijo que aquel no era el
lugar más adecuado para seguir.
–¿Me puedes explicar qué nos ha pasado? -susurró Andrea-.
–Mejor me lo explicas tú a mí -contestó riendo-. Que conste
que me ha salido espontáneamente como si ya lo hubiéramos hecho antes. Vamos
que no he necesitado pedirte permiso porque era lo que los dos esperábamos.
Andoni se volvió a la cama para ocultar su erección. Le daba
corte por si alguien se presentaba en ese momento. Andrea se sentó a su lado en
la cama y mientras seguía con algún que otro beso, Andoni le fue contando toda
la movida de la casa, el disgusto de su prima y sobre todo de su tía, porque
allí estaba encerrada la mayor parte de su historia y de sus recuerdos. Incluso
le confesó la culpabilidad que le seguía quemando por dentro. Según le había
contado su prima la casa había quedado calcinada en su mayor parte, porque esas
casas estaban construidas con materiales baratos poco sólidos. No merecía la
pena reconstruirla, en todo caso habría que construir otra nueva sobre el mismo
terreno, pero no podían tomar ninguna decisión hasta saber qué les iba a
ofrecer el seguro.
Andrea le cogió las manos, le miró con una ternura infinita
que le penetró hasta lo más hondo de sus entrañas, mientras le susurraba que
ella tenía un lugar donde podía tener un refugio provisional o, si quería,
seguir viviendo en él sin fecha de caducidad. Pero respecto a los demás
problemas que le agobiaban, su única aportación sería estar a su lado. A Andoni
se le abrió el cielo: aquella chica le estaba ofreciendo la llave para dar un
giro completo a su vida. Ya no iba a necesitar ir mendigando cariño, como le
decía Miren, dejaría de ser un llanero solitario. Le selló la boca con un beso
largo que le impidió terminar la frase.
Barakaldo 25 de septiembre de 2026
Luisfer

Comentarios
Publicar un comentario